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febrero 25, 2008

A. Jodorowsky

(Miguel Angel Moya)

El pato Donald y el budismo zen
A veces, leyendo distraídamente un libro, somos sorprendidos por
unas líneas que nos sumergen en una especie de benéfico terror.
Parece se que sólo podemos comprender lo que ya conocemos…
Gurdjieff dijo que las ideas necesitaban tiempo para ser
comprendidas. La conciencia las guarda como un estómago de
rumiante y poco a poco las va digiriendo hasta que las nuevas
concepciones penetran el total del individuo. Pero, también, a veces,
nos meten un «gol psicológico». Algo nuevo irrumpe bruscamente en
nuestro ser saltando toda clase de defensas. Y como toda nueva idea
asimilada produce necesariamente un cambio, («Cambio» igual a
«muerte») por inercia, nos aterramos.
Estos últimos días sentí ese terror de comprensión dos veces. La
primera, leyendo «Toutankhamon», de Cristiane Desroches-
Noblecourt, (Hachette). La autora, después de dedicar todo un
capítulo a desmitificar las leyendas de «venganzas de faraones» que
periodistas venales inventaron, termina reconociendo que sólo dos
acontecimientos podrían merecer el nombre de «sobrenaturales». El
primero se refiere al apagón que sumió en la oscuridad a todo El
Cairo en el mismo instante en que murió Lord Carnavon, el mecenas
que protegió al descubridor de la tumba de Tutankamón. Una
encuesta llevada a cabo no pudo explicar esta extraña pana de
corriente. (La palabra «casualidad» afloró a mi mente. Un hecho
fortuito y poéticamente bello, eso es todo, me dije. Pero el segundo
hecho me erizó los cabellos). «En Inglaterra, en el momento exacto
de la muerte de Lord Carnavon, tomando en cuenta la diferencia de
horarios, el perro favorito de éste se puso a aullar sin que nadie
pudiera callarlo, hasta que cayó muerto». Los acontecimientos son

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febrero 25, 2008

A pesar del mundo

Hoy y a pesar del mundo, estoy completa,
tan intacta que parezco cumbre,
tan inmensa que nadie me llega.
He recorrido durante la noche bastos océanos,
surcado cielos, navegado a través de mi sueño
y de mis mundos todos.
He llegado hasta el mismo silencio,
donde todo muere,
donde la nada se convierte en un vació insondable
y profundo, donde cabe todo y al mismo tiempo
deja de existir como era,
como lo sabemos, como se supone existe.
Hoy, a pesar del mundo me siento en mi existencia toda
y te veo, claro como un farol en la oscuridad del océano