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noviembre 30, 2009

Denez Prigent, Lisa Gerrard. Desvaríos.

Teresa dejó la taza de té sobre la pequeña mesa que estaba al lado del sillón, no quiso mirar por la ventana aún a pesar del ruido del motor que le golpeó las sienes. Los pasos se acercaban a la puerta. Permaneció sentada. El timbre sonó ronco, retumbando como un cañón en las paredes de la casa.

Héctor bajó la escalera con pesadez, al ver a Teresa que permanecía inmóvil, se quedó de pie. El cabello cano se debilitó sobre su cabeza y se vio como un anciano. Las manos arrugadas permanecieron al lado de sus piernas, como dos cuerdas sin vida. La mirada quedó fija en su mujer. Permaneció ahí, sin hacer el menor movimiento.

El timbre sonó una vez más.

Teresa se levantó con la mirada perdida y caminó hasta quedar al lado de su marido, dio media vuelta, estiró la mano, tomó la perilla y la giró. A medida que la puerta se iba abriendo aparecieron las figuras de dos hombres, vestían un impecable uniforme azul, ambos soldados sostenían su gorra en las manos.

–         ¿La señora Teresa Gordon?

Teresa  no pudo permanecer de pie, las piernas se doblaron ante el peso del dolor. Héctor se agachó hasta quedar abrazado a su mujer mientras las lagrimas corrían por su cara. No podía respirar, esos uniformes azules les estaban estrangulando el aire.

–         Lo lamentamos mucho, el presidente de los Estados Unidos le da su más sentido pésame – dijo el soldado.

Philipp era su único hijo, recién había cumplido diez y nueve años.

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