Cuentos del fútbol

LOS TRES PALOS / REINALDO MARCHAT

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Siempre esos partidos eran aburridos, como el clima de las tres de la tarde, viscoso, la atmósfera pegadiza y esa canícula brutal que ardía en la mollera. Alrededor serpenteaba una lentitud de espanto. Apenas unos atrevidos caminaban un trecho con una botellita de líquido adherida a la comisura. A esa hora jugaba el equipo de la Tercera División, dando inicio a la larga jornada de la tarde. Y había que sacrificarse frente al calor montaraz. En eso consiste la pasión, el fútbol vital. Llegaba buena cantidad de público que desafiaba a esa pesada gelatina sin ventilación y se perdía la siesta del domingo; había motivo para ir a la cancha. Jugaba El Pájaro, un arquero sensacional, ágil, un poco loco, de físico esmirriado, huesudo, con una chasca desmedida, caótica, que le raspaba los hombros y le daba un aire de Sansón en decadencia; con fama de imbatible, de acróbata de los tres palos, atajaba como quería, con una mano, levantando una pierna, usando la cabeza, bajándola de pecho, y hasta colgado sobre el travesaño.

El famoso guardavalla tenía una costumbre algo rara, que asomó siendo niño: apenas comenzaba el partido subía al travesaño de un brinco. De pie o sentado en la madera observaba el partido, a veces liando un cigarrillo, chupando una caluga o parado cuan largo era. Cuando el trámite del pleito invitaba a un festín de bostezos, daba órdenes, gritaba a todo pulmón con su voz ronca y reclamaba aplicación a sus compañeros. Naturalmente, lo hacía para que despertaran. También aplaudía las buenas jugadas y nunca dejaba de rezongarle al árbitro. Frente a una maniobra de real peligro en su área, se impulsaba como un resorte a la cancha y con un cálculo impresionante tapaba los disparos, evitaba goles, cortaba centros cabeceando la de cuero, o volaba desde esa altura para sacar con la mano los tiros a media altura. Alejado el riesgo, volvía a la altura de los palos con suprema naturalidad. De vez en vez, se distraía contemplando las vastas y lejanas geografías. Parecía un mono atajando pelotas, un librepensador o un ángel que añoraba regresar al lecho de los cielos.

La gente lo aplaudía a rabiar. ¡Los fanáticos vienen a disfrutar a esos pocos que rompen los esquemas y se salen de la abulia formal de las cosas!

La imagen de verlo meditabundo, sentado o caminando por la madera era de una belleza indescriptible. El escaso público reconocía con palmas su originalidad.

Los árbitros no sabían si era lícito que jugara encaramado en el travesaño. De modo que sólo le pedían que no fuera a lastimarse. El Pájaro reía casi indolente. Se tenía fe. Confianza. Para él resultaba más seguro estar en el aire que pisando el suelo. Contaba que veía mejor los engaños, las burlas y las gambetas de los rivales –“y las injusticias de los ricos, por supuesto”, filosofaba–. Entonces, si la situación lo requería, volaba para contener los avances. Era una costumbre que desarrolló desde la tierna infancia, cuando vivía más en las copas de los árboles, en los tejados de las casas, que en la quemante tierra; odiaba el dolor de las calles, la contaminación humana y el hedor insano que emanaban los basurales.

El récord de subir y bajar en un mismo cotejo lo realizó un domingo 1 de noviembre, se elevó y descendió treinta y tres veces, similar al número de años de Jesucristo. “Nunca fui más feliz que aquella vez”, recordaba a menudo con luminosa nostalgia.

Naturalmente, en muchas ocasiones le encajaron sendas dianas desde treinta y cinco metros de distancia, que lo sorprendieron. Lo dejaron sin reacción. Eran los costos de la audacia. Empero, se había dado el lujo de atajar lanzamientos penales ubicado en el centro del travesaño, ¡arriba! Nadie, ni él siquiera, podía explicar cómo pudo llegar a esas pelotas golpeadas con bronca a doce metros de la línea del pórtico.

En una oportunidad, un puntero vivaracho le mandó un potente tiro a media altura. El Pájaro, antes que sacara el disparo, intuyó la intención del jugador y en una décima de segundo ya estaba preparado: cuando vio que el balón transitaba velozmente por el firmamento, se colgó sujetando los pies en el madero y desvió el esférico balanceándose con la rapidez de un chimpancé. Hasta el árbitro celebró el invento.

En cambio, cuando el partido era aburrido en extremo, se recostaba a lo largo del travesaño, como si estuviera en la playa mirando la pletórica belleza de un mar en calma, sacaba desde las medias un cigarrillo –no podía estar sin fumar–, lo encendía y parecía feliz de la vida trepado en esa altura del arco. Un par de ocasiones permitió soberanamente que los rivales marcaran un gol para avivar la contienda y entretener a los fanáticos que lo venían a ver.

El Pájaro fue realmente un excelente golero. Podría haber jugado en Primera junto a las demás estrellas del Unión Milán: lo perjudicaba su peculiar estilo. Varios entrenadores le ofrecieron subirlo de categoría a cambio de “civilizar” su forma de jugar. No le interesaban este tipo de ofertas. Las desdeñaba.

–Si lo hago, muero como jugador y persona; yo así entiendo la vida… –explicaba.

A decir verdad, no le importaba en cuál equipo lo ponían, sino que le permitieran jugar donde más se sentía feliz y se divirtiera: arriba del travesaño.

Alguna vez alguien le preguntó por qué atajaba de esa manera, y contestó que el puesto de arquero era una especie de desgracia, había que aliviarlo con algo de locura y de poesía, entonces se le ocurrió aquello de subir al palo, caminar y correr de memoria sin caerse, mientras el gentío gozaba de lo lindo y sus compañeros defendían la redonda en la mitad de la cancha. “Las grandes creaciones del mundo se han conquistado con un pie más arriba de la tierra”, solía decir en la sede del club. Pocos atendían sus palabras.

Para desdicha de él y de su hinchada, sobrevino una tarde negra.

Su equipo disputaba el tercer lugar en el campeonato. Era el último pleito del año. Y llegó demasiada gente. Incluso merodeaba la cancha un periodista de un diario popular que quería escribir una nota sobre el insólito guardavalla.

Los nervios traicionaron a sus compañeros y al entrenador. En el camarín le suplicaron que, ¡por única vez!, defendiera el arco abajo, a la manera tradicional. –¡No puedo! –respondió El Pájaro–. Va contra mis principios… –y remató–: Además un periodista de un diario está preparando un reportaje sobre mi forma de jugar.

No lo convencieron.

Y el partido empezó. Apenas pudo, voló ágilmente hasta el travesaño. Mientras peregrinaba por la madera, con las manos en la cintura, chascas al viento, un fotógrafo le sacó varias instantáneas. Parecía un pájaro de carne y hueso desafiando a la raza humana. Por primera vez el entrenador insistía a viva voz que descendiera de los palos. El Pájaro escuchaba la demanda, pero la ignoraba con evidente desdén.

Atajó un par de pelotas fáciles. Quiso la suerte que alcanzara a desviar de manera espectacular un balón que se colaba en el “rincón de las arañas”. Voló hasta el otro extremo para salvar su valla.

Aplausos endemoniados del público y nuevas peticiones del entrenador y de sus compañeros para que jugara a ras de piso. Volvió a ignorarlos.

Se cumplían casi treinta minutos del primer tiempo, cuando un delantero del equipo contrario sacó un disparo impresionante; él vio el movimiento del pie izquierdo, mas no pudo adivinar la trayectoria del balón, que se acercó haciendo cabriolas, un zigzag extraño, como que iba a un lugar y luego se desviaba, y acabó por golpear de forma violenta en pleno abdomen de El Pájaro, quien reaccionó tardíamente, embolsando el balón contra su estómago, afirmándolo seguro en los guantes; sin embargo, el impacto le hizo perder el equilibrio, sus pies se enredaron y cayó desgraciadamente dentro de su arco. Gol. Lo tapizaron con garabatos de grueso calibre, recordándole las zonas nobles y reproductoras de sus más preciados familiares. Para colmo, el entrenador lo cambió…

–¡No te quiero ver más! –le gritó el técnico, ofuscado.

El Pájaro, avergonzado, cariacontecido, entristecido como jamás se le vio, dio media vuelta, se sacó los guantes, los botó, y echó a caminar por la línea del ferrocarril. En el trayecto se detuvo para quitarse los zapatos, haciendo un nudo con los cordones y colgándolos, a la manera de un animal cazado, en el hombro. Iba llorando. Desapareció bajo esa tarde que recordaba a los difuntos del mundo. Lo último que se le vio fue la chasca flotando a medida que se perdía. Nunca más regresó. Se retiró del fútbol. La sombra de su cabello fue la única imagen que la gente recordaría muchos años más tarde, porque la otra imagen, aquella de verlo pendido en el travesaño, arriba de la tierra quemante, que evocaba a un sufriente Cristo, ésa había que haberla visto para contarla: ¡era de una belleza indescriptible…!

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