Vilanos, Edmundo Moure

VILANOS

-Abuelo, ¿qué son para ti los vilanos, esas pelusillas como copos que vuelan por el aire?

-Sueños perdidos que alguien aventó al despertar.

-Y entonces, ¿quién los soñó?

-No lo sabemos con certeza. Yo creo que ha sido el Señor del Trigo.

-¿Y ése quién es?

-La divinidad que cuida de las siembras y de las cosechas. Para que recibamos cada día el pantrigo.

 -La abuela gallega decía –según tú me contaste- que los vilanos son anuncios de cartas, y que en tiempos de la guerra de España la correspondencia se hundía en el océano, antes de llegar a Galicia. Sería porque los vilanos no pueden atravesar el gran mar y naufragan, como esos barcos que llevaban y traían millares de emigrantes.

-Cada quien elige la explicación que mejor le viene, ya sea en imágenes o metáforas. Para el caso de interpretar el vilano, prefiero la del sueño, porque he soñado muchas veces, en medio de un enjambre de estas pelusillas blancas, sin poder atrapar ni una sola; como si la veleidosa fortuna no me permitiese cogerlas. Entendí entonces que mis anhelos están hechos de sueños, y que éstos se vuelven huidizos vilanos cuando me recuerdo.

-Tu abuela decía “recordarse” por “despertarse”. Y tú lo repites…

-Es más certero, porque al salir de las tinieblas del dormir, vuelves a la realidad y recuerdas. El sueño es una suerte de olvido cargado de imágenes y colores ilusorios.

-Abuelo, cuéntame uno de esos sueños-vilanos que hayas extraviado en tu vida.

-Son muchos, innumerables, pero ahora puedo rememorar uno que nació hace quince años, y que fuera recién aventado por el torbellino de la crisis que hoy azota a nuestra amada Galicia, al resto de España y a otros países de Europa. Trance terrible que afecta a los menos afortunados, a la inmensa mayoría, y que significa, como atroz paradoja, nuevos negocios especulativos para los hijos de Creso que nos dominan en este mundo ancho y ajeno.

-Pero cuéntame, abuelo, y no enredes las historias, por favor.

– En 1996 vivíamos en Copiapó. Desde allí empecé a colaborar con mis primeras crónicas para “Galicia en el Mundo”, el periódico de Luis Vaamonde. También escribía en él Luis Tosar, notable poeta y buen cronista, con el cual establecimos entusiasta contacto y larga amistad. Él me indicó las coordenadas para llevar a cabo una idea que parecía algo loca y poco factible: crear en Chile un instituto o centro de cultura gallega.

-¿Escribías sólo sobre temas de la emigración gallega en ese diario? ¿Hablabas mucho del Tata Cándido?

-No. Los tópicos gallegos eran una referencia para resaltar preocupaciones anímicas y culturales, para ligar mundos, para establecer relaciones y conocer a fondo el idioma de mis ancestros. Este es el meollo del auténtico saber, a mi modesto juicio, relacionar, urdir redes de entendimiento lúcido.

-Tú nunca has sido humilde, abuelo. ¿No estarás pecando de falsa modestia? Tú dices que eso es el colmo de la vanidad… Pero no me contestaste lo del tata…

-Quizá no me refería tan a menudo a él, en aquella época. Es ahora que su voz parece penetrar en mí y brotar, renovada y quizá distinta.

-Hay gente de la tribu que te acusa de inventar cosas y situaciones que nunca tuvieron que ver con tu padre. ¿Es cierto?

-Soy –creo- un poeta-cronista y suelo hacer volar mi fantasía, quizá no tan lejos como los vilanos, pero tanto como puedan alcanzar las alas de mis palabras. En este oficio siempre se miente, no tanto para buscar el engaño, sino en procura de construirnos una realidad menos miserable que la pedestre y cotidiana. Y esto ocurre también con la idealización de seres que amamos o que nos marcaron con su impronta.

-Bueno, otra vez te fuiste por las ramas. ¿Y que hay de ese sueño?

-Tienes razón. A instancias de Luis Tosar, con el apoyo de Carmen Norambuena, historiadora de nuestra criolla Universidad de Santiago, y con el espaldarazo de Fernando Amarelo, Celso Currás, Manuel Regueiro y otros amigos de la dulce Galicia, creamos, en julio de 1998, el Centro de Estudios Gallegos, en el Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Santiago de Chile.

-Vaya nombre largo…

-Abrimos cursos de Lengua y Cultura Gallega, talleres; proferimos conferencias, organizamos encuentros, pusimos en marcha intercambios con Galicia que beneficiaron a decenas de jóvenes estudiantes; levantamos una nutrida biblioteca cuyo destino no soy ahora capaz de vislumbrar… Para mí fueron once años memorables en que ejercí el oficio de profesor, sin poseer ningún título académico. Soy también en esto autodidacta, aunque en julio de 1999 asistí a un curso de verano en Santiago de Compostela. Fue extraordinario para mí. Me hice amigo de Xesús Domínguez Dono, joven, dinámico y entrañable maestro, con quien sigo cultivando una amistad a distancia, sustentada en las amadas palabras y en porfiados sueños comunes; también recuerdo a Maricarme Pazos, cordial profesora, y a varios compañeros de distintas procedencias; entre ellos, a un nigeriano que parecía tamborilear la prosodia del gallego.

 -Entonces, tu sueño de aquella empresa se hizo realidad.

 -Cierto. Pero hubiese querido prolongarlo en el tiempo, y no pude. Luego, intenté articular una fundación que llevara el nombre de nuestro progenitor, pero carecí del más mínimo apoyo de parte de quienes habían enarbolado la idea, antes de mí, con aparatosa facundia. Pero así fenecen estas cuestiones que no llevan el atractivo de la ganancia pecuniaria. Recién me enteré que la Xunta de Galicia canceló los aportes que entregaba para sostener el Centro de Estudios Gallegos. La USACH carece de fondos propios para mantenerlo y a la colectividad gallega residente, representada por Lar Gallego de Chile, jamás le ha interesado difundir la lengua y la cultura viva de Galicia. No van más allá del lacón con grelos, el pulpo a feira y la gaita más o menos desafinada. Y se declaran “españolistas” a ultranza y aún le encienden melancólicas velas a Francisco Franco.

-¿Estás amargado por el pobre resultado o por el fracaso de esos proyectos?

-No. Aprendí mucho durante aquellos años y sigo aprendiendo, a diario, mientras me queden ojos para leer y oídos para escuchar. Nadie te puede arrebatar eso que los griegos llamaron “el júbilo de comprender”, y nadie puede invadir los maravillosos espacios de la soledad creativa. Además, está el humor –el verdadero, el serio, el que enseña a reírse de uno mismo-, herramienta extraordinaria para defendernos en las cotidianas batallas, para aceptar el absurdo de la res humana y no enloquecer… Humor que no debemos confundir con la picardía primaria de los necios, tan abundante en la subcultura globalizada que nos sofoca.

-¿Y qué puedes dejarnos, abuelo, a los que te queremos, de tu larga experiencia de vida?

-Ya te lo he dicho: las miles de cuartillas escritas que están en la carpeta virtual “Mi Herencia”, una de cuyas copias será para ti, con dedicatoria incluida. Y algunos libros desperdigados, sobrevivientes de tantos naufragios y de algunas quemas.

-¿Y qué más?

-Un verso, que no es de mi autoría, pero que hago mío hoy. Pertenece al fino poeta Juan Guzmán Cruchaga, y es el título de un bello libro de Isidora Aguirre, en el que ella reconstruye el pasado, desde las vívidas entrañas de una ancha y antigua casa, como fuera la nuestra de La Cisterna… Se trata de una sensación postrera que bien podemos relacionar, tú y yo, con el vuelo incierto del vilano.

-¿Cuál es ese verso, abuelo?

 -“Doy por vivido todo lo soñado”.

 Edmundo Moure

Junio 2013

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