Archive for ‘cuentos’

agosto 22, 2013

La Rosa de Paracelso, J.L. Borges

La rosa de Paracelso –  J.L. Borges

En su taller, que abarcaba las dos habitaciones del sótano. Paracelso pidió a su Dios, a su indeterminado Dios, a cualquier Dios, que le enviara un discípulo. Atardecía, El escaso fuego de la chimenea arrojaba sombras irregulares, Levantarse para encender la lámpara de hierro era demasiado trabajo, Paracelso, distraído por la fatiga, olvidó su plegaria. La noche había borrado los polvorientos alambiques y el atanor cuando golpearon la puerta, El hombre, soñoliento, se levantó, ascendió la breve escalera de caracol y abrió una de las hojas. Entró un desconocido. También estaba muy cansado. Paracelso le indicó un banco; el otro se sentó y esperó. Durante un tiempo no cambiaron una palabra.
El maestro fue el primero que habló.
-Recuerdo caras del Occidente y caras del Oriente -dijo no sin cierta pompa-, No recuerdo la tuya, ¿Quién eres y qué deseas de mí?

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mayo 31, 2013

Cuentos del fútbol

LOS TRES PALOS / REINALDO MARCHAT

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Siempre esos partidos eran aburridos, como el clima de las tres de la tarde, viscoso, la atmósfera pegadiza y esa canícula brutal que ardía en la mollera. Alrededor serpenteaba una lentitud de espanto. Apenas unos atrevidos caminaban un trecho con una botellita de líquido adherida a la comisura. A esa hora jugaba el equipo de la Tercera División, dando inicio a la larga jornada de la tarde. Y había que sacrificarse frente al calor montaraz. En eso consiste la pasión, el fútbol vital. Llegaba buena cantidad de público que desafiaba a esa pesada gelatina sin ventilación y se perdía la siesta del domingo; había motivo para ir a la cancha. Jugaba El Pájaro, un arquero sensacional, ágil, un poco loco, de físico esmirriado, huesudo, con una chasca desmedida, caótica, que le raspaba los hombros y le daba un aire de Sansón en decadencia; con fama de imbatible, de acróbata de los tres palos, atajaba como quería, con una mano, levantando una

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abril 30, 2011

El hombre en la cueva, H.P. Lovecraft

 

La horrible conclusión que se había ido abriendo camino en mi espíritu de manera gradual era ahora una terrible certeza. Estaba perdido por completo, perdido sin esperanza en el amplio y laberíntico recinto de la caverna de Mamut. Dirigiese a donde dirigiese mi esforzada vista, no podía encontrar ningún objeto que me sirviese de punto de referencia para alcanzar el camino de salida. No podía mi razón albergar la más ligera esperanza de volver jamás a contemplar la bendita luz del día, ni de pasear por los valles y las

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abril 5, 2011

Loreto Silva

 

ESCUCHAR CUENTO DE LA ESCRITORA LORETO SILVA

Loreto Silva, nació en Pica, al norte de Chile, el siglo pasado (dice ella coqueta). Vivo en Santiago de Chile.

Mi pasión: escribir y  pintar.

 Trabajos Literarios

–        Erase los tiempos de Allende y Pinochet, año 2011 novela

–        Crónica de un Experimento, año 2009 guión de Cine.

–        El Experimento, año 2008, novela. (Ciencia ficción)

–         Los Nuarianos, año 2007, novela. (Ciencia ficción)

–        Maravillosa,  obra de teatro. Estrenada en abril de 2006.

–        Es mi naturaleza dijo el escorpión, año 2005, cuentos.

–        Chile: Punto de quiebre y otros relatos, año 2001, cuentos.

 Página web de la autora   www.loretosilva.com

 Correo electrónico  l_silva@vtr.net 

 

abril 29, 2010

Santiago en cien palabras, cuento ganador

Compartó un cuento que sencillamente me encantó.

PRIMER LUGAR
Adrián y yo

Con Adrián vivimos en el centro. Me hace reír mucho.
Está convencido de que es un asesino en serie. “Soy un
roba almas”, dice mientras nada inquieto de un lado a otro en
la pecera que le compré. Últimamente está muy callado. Intenté
hacerle cariño, pero inmediatamente comenzó a dar saltitos
acrobáticos queriendo morderme algún dedo. Se cree piraña.
Un domingo lo vi desvastado, así que disolví 1/4 de fluoxetina
en su agua y me tomé otra pastilla yo. Estuvimos toda la tarde
mirando fijo por la ventana, tarareando canciones en inglés.
Es que a veces nos sentimos muy solos.

Paloma Amaya, 25 años, La Reina

agosto 7, 2009

Borges, Jose Luis. El Aleph

El Aleph / J.L. Borges

 Redescubriendo a Borges.

La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita. Cambiará el universo pero yo no, pensé con melancólica vanidad; alguna vez, lo sé, mi vana devoción la había exasperado; muerta, yo podía consagrarme a su

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abril 17, 2009

La casa inundada de Felisberto Hernandez

Comentario: La casa inundada de Felisberto

Una mujer contrata a un hombre para que escriba su historia.
Esa es la idea central de este cuento, la historia externa. Curiosamente cuando nos adentramos en su lectura de una forma menos visceral e intelectual y tomamos la simpleza de lo abstracto dejando de lado la materialidad de un intelecto que encarcela la conciencia, nos encontramos con una obra sorprendente, cargada de una mística exquisita.
Un cuento donde el escritor nos muestra como conclusión el fracaso.
Margarita debe finalmente quedarse sin relatar su historia ya que el escritor contratado, no logra sumergirse en el mundo emocional que conforma el universo de la protagonista. Un mundo que ofrece una infinidad de mensajes con los cuales Margarita, trata de guiar al escritor durante toda la narración para que éste la descubra en su esencialidad, esto lo haría merecedor de su historia. No lo logra.

Una obra compleja y bien escrita a pesar de no ser un cuento con una estructura lógica, que requiere ser leída con dedicación para captar su esencialidad en una primera lectura. Una de las obras sobresaliente de nuestros autores latinoamericanos.

” De esos días siempre recuerdo las vueltas en un bote alrededor de una pequeña isla de plantas. Cada poco tiempo las cambiaban; pero allí las plantas no se llevaban bien. Yo remaba colocado detrás del cuerpo inmenso de la señora Margarita. Si ella miraba la isla un rato largo, era posible que me dijera algo; pero no lo que me había prometido; sólo hablaba de las plantas y parecía que quisiera esconder entre ellas otros pensamientos. Yo me cansaba de tener esperanzas y levantaba los remos como si fueran manos aburridas de contar siempre las mismas gotas. Pero ya sabía que, en otras vueltas del bote, volvería a descubrir, una vez más, que ese cansancio era una pequeña mentira confundida entre un poco de felicidad. Entonces me resignaba a esperar las palabras que me vendrían de aquel mundo, casi mudo, de espaldas a mí y deslizándose con el esfuerzo de mis manos doloridas.
Una tarde, poco antes del anochecer, tuve la sospecha de que el marido de la señora Margarita estaría enterrado en la

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abril 16, 2009

Ruben Fonseca, Mirada.

Un cuento ágil, bien narrado y dónde podemos ver claramente la enajenación a la que puede llegar un ser humano cuando se obsesiona.

Mirada por Rubem Fonseca (cuento)
A mí no me gustaba comer, hasta que ocurrieron los episodios que relataré dentro de poco. Tenía dinero para alimentarme con los más finos manjares, pero los placeres de la mesa no me atraían. Por varias razones, nunca había entrado en un restaurante. Era vegetariano y me gustaba decir que sólo echaba en falta los alimentos del espíritu -música, libros, teatro-. Lo que era una estupidez, como el Dr. Goldblum me demostró después.

Mi profesión es escribir, como todos saben. No necesito decir el tipo de literatura que hago. Soy un escritor al que los profesores de letras, en una de esas convenciones arbitrarias que hacen creer a los alumnos, llaman clásico. Y eso nunca me molestó. Una obra es considerada clásica, a través de los tiempos, por haber captado la atención

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abril 3, 2009

Leopoldo Lugones

Cuento de Leopoldo Lugones, Un fenomeno Inexplicable

Hace de esto once años. Viajaba por la región agrícola que se dividen las provincias de Córdoba y de Santa Fe, provisto de las recomendaciones indispen-sables para escapar a las horribles posadas de aquellas colonias en formación. Mi estómago, derrotado por los invariables salpicones con hinojo y las fatales nueces del postre, exigía fundamentales refacciones. Mi última peregrinación debía efectuarse bajo los peores auspicios. Nadie sabía indicarme un albergue en la población hacia donde iba a dirigirme. Sin embargo, las circunstancias apremia-ban, cuando el juez de paz que me profesaba cierta simpatía. vino en mi auxilio.-Conozco allá, me dijo, un señor inglés viudo y solo. Posee una casa, lo mejor de la colonia, y varios terrenos de no escaso valor. Algunos servicios que mi cargo me puso en situación de prestarle, serán buen pretexto para la recomendación que usted desea, y que si es eficaz le proporcionará excelente hospedaje. Digo si es eficaz, pues mi hombre, no obstante sus buenas cualida-des, suele tener su luna en ciertas ocasiones, siendo, además, extraordinariamen-te reservado. Nadie ha podido penetrar en su casa más allá del dormitorio donde instala a sus huéspedes, muy escasos por otra parte. Todo esto quiere decir que va usted en condiciones nada ventajosas, pero es cuanto puedo suministrarle. El éxito es puramente casual. Con todo, si usted quiere una carta de recomenda-ción. . .

Acepté y emprendí acto continuo mi viaje, llegando al punto de destino horas después.

Nada tenía de atrayente el lugar. La estación con su techo de tejas coloradas; su andén crujiente de carbonilla; su semáforo a la derecha, su pozo a la izquierda. En la doble vía del frente, media docena de vagones que aguardaban la cosecha. Más allá el galpón, bloqueado por bolsas de trigo. A raíz del terraplén, la pampa con su color amarillento como un pañuelo de yerbas; casitas sin revoque diseminadas a lo lejos, cada una con su parva al costado; sobre el horizonte el festón de humo del tren en marcha, y un silencio de pacífica enormidad entonando el color rural del paisaje.

Aquello era vulgarmente simétrico como todas las fundaciones recientes. Notábase rayas de mensura en esa fisonomía de pradera otoñal. Algunos colonos llegaban a la estafeta en busca de cartas. Pregunté a uno por la casa consabida, obteniendo inmediatamente las señas. Noté en el modo de referirse a mi huésped, que se lo tenía por hombre considerable.

No vivía lejos de la estación. Unas diez cuadras más allá, hacia el oeste, al extremo de un camino polvoroso que con la tarde tomaba coloraciones lilas, distinguí la casa con su parapeto y su cornisa, de cierta gallardía exótica entre las viviendas circundantes; su jardín al frente; el patio interior rodeado por una pared tras la cual sobresalían ramas de duraznero. El conjunto era agradable y fresco; pero todo parecía deshabitado.

En el silencio de la tarde, allá sobre la campiña desierta, aquella casita, no obstante su aspecto de chalet industrioso, tenía una especie de triste dulzura, algo de sepulcro nuevo en el emplazamiento de un antiguo cementerio.

Cuando llegué a la verja, noté que en el jardín había rosas, rosas de otoño, cuyo perfume aliviaba como una caridad la fatigosa exhalación de las trillas. Entre las plantas que casi podía tocar con la mano, crecía libremente la hierba; y una

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