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octubre 1, 2014

NEL, de Gabriela Torres.

“Eran las cuatro de la mañana y todo el pueblo estaba dormido, en la casa de las hermanas había un hondo silencio, como si toda ella estuviera suspendida en algún lugar lejano. Alelí, quién dormía plácidamente, despertó sobresaltada, el gruñido de una de las puerta la asustó. En Nel nadie roba, por lo tanto, algo importante y fuera de lo común debió causarlo. Tomó su chal y levantándose de  prisa salió de la habitación, bajó la escalera y entró de prisa al gran salón,  ahí divisó una pequeña figura que se escurría tras la puerta. Dio unos saltos largos que la hicieron parecer una ardilla,alcanzó la puerta y luego corrió hasta llegar al lado de la figura que se detuvo de sopetón. Enseguida Alelí preguntó con voz quieta, 

  • ¿Es usted un ladrón?-
  • No Alelí soy yo margarita.

Alelí la miró incrédula, efectivamente era Margarita. La tomó de un brazo y  obligó a subir las escaleras,  entraron a la pieza  y alelí destapó la cama encontrándose con dos almohadas.

 -¿Que hacías a estas horas fuera de casa?-Margarita suspiró y dijo con voz aburrida.”

-En Niltamur no me va a pasar nada. En Niltamur nunca pasa nada”

Este es un pequeño párrafo de un proyecto de novela. ¿Quién es el autor?, Gabriela Prat, una niña de apenas 13 años que vive en una pequeña ciudad de Chile,  toma agua de mar, asiste a un colegio pequeño, y vive tratando de ser consecuente a los pensamientos de su familia. Un pensamiento que te lleva a vivir o tratar de vivir una vida más consciente, más abierta, más de fondo.

¿Por qué hablo de ella hoy?, simple, tener una imaginación tan prolífera, lograr narrar una historia compleja manteniendo el hilo y coherencia ¿a los trece años?.  ¡Imaginar!, que gran logro, muchos podrán tener una buena técnica, mejor ortografía y excelente redacción, pero y si no está la imaginación, no está ese maravilloso mundo que guarda celoso el escritor talentoso en un lugar al que sólo él puede acceder cerrando la puerta tras de sí y luego ser capaz de invitar al lector y que éste tampoco quiera hacerlo ¿de qué sirve todo lo demás?.

Impulsar, aplaudir y alentar es el deber de todos aquellos a quiénes  nos toca la suerte de tocar la palabra de estos jovenes pero valiosos seres humanos.

Querida Gabriela, lee, lee  a todos los autores que te muevan el alma, lee a los grandes, a los no tanto, de todos sacarás una enseñanza. Escribe hasta que el lapíz quede seco, hasta que la vela se gaste, hasta que el silencio deje de serlo. Cada día tu trabajo tendrá más cuerpo, más alma, y luego, todos esos hijos que crees con cada idea, con cada intención y con mucho trabajo caminarán solos.  Te aplaudo y gracias por compartir parte de tu trabajo conmigo.