Stella Díaz Varín

Stella Díaz Varín (La Serena, 1926 – Santiago, 2006). Una de las poetas chilenas más importantes de la segunda mitad del siglo XX. Aún adolescente, viaja a Santiago a emprender estudios de medicina. Allí los diarios El Siglo y El Extra acogieron sus primeras colaboraciones y luego La Opinión en cuya página de redacción escribía su columna sobre lo vivido- visto o lo vivido-imaginado.
Fue parte de la generación del 50, convirtiéndose en una leyenda de la bohemia y las letras nacionales. Tras el golpe militar de 1973, sufrió la represión y marginalidad. Publicó los libros: Razón de mi ser, 1949; Sinfonía del hombre fósil, 1953; Tiempo, medida imaginaria, 1959; Los dones
previsibles
, 1992; La Arenera, 1993; y De cuerpo presente, 1999. Obtuvo el premio “Pedro de Oña” y también el Premio del Consejo Nacional
del Libro, 1993. Fue antologada en Chile y en el extranjero.

VEN DE LA LUZ, HIJO

Que te ciegue la luz, hijo.
Ven de la luz;
Desde donde la pupila sueña
y vuelve atormentada,
como un escombro vivo,
como
especie de flor, como pájaro.
Carbón de víscera terrestre,
así como
víscera de árbol.

Deja que se ensañe la luz, hijo,
Desciende como los antiguos
ángeles,
como los malos discípulos,
ardiendo en su pasión, desheredados.

Así como las fieras, hijo.

Incomprendidas del río, intocadas
absolutas, tristes.

Ese será el día
-presentimiento que no quise,
tú sabes, los conoces-

que tomaré la forma deseada.

Ojo de estiércol, húmedo;
aprisionaré tu llama,
tu
superficie extraceleste
tu mirada de centro obscuro,
tu trigal;
la
tibia voluntad de tu piel
me ayudará y seremos.

Nunca antes pudimos.
Yo era como esas pequeñas fuentes
secas.
Desciende, hijo, de la luz;
avizora el espacio,
avizora el
horizonte.
La curva que deja el corazón de un muerto,
la mano que se
esconde,
la mano que nadie quiso acariciar.

Seremos.
Tú y yo venidos
irremisiblemente;
unidos
como dos tallos jóvenes aún;
Queriendo apenas lo que no se nos dio.

Amando
lo que la luz aconseja:
el vértigo, la hondonada, el
silencio.
el color de las piedras;
tantas cosas simples y distintas.

Llegaremos a amar la contextura de Dios
tan difusa;
tan perfecta
como tus pequeños ídolos.
La madera de Dios
tan bella y roja
como el
corazón de los árboles.
Tan bella y roja
como el corazón del veneno.

Que te ciegue la luz, hijo.
Que te atormente.
Ven de la luz,
inúndate;
Ten la luz y desmiente la tiniebla.
Ven, hijo, arrodíllate.

Cree en los amaneceres.
En la luz son más bellos los ojos de Dios.

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